La arquitectura dominicana, como la arquitectura de gran parte de América, viene siendo una combinación de rasgos y características que fueron dadas por las distintas culturas que han llegado a la isla. Desde los aborígenes y españoles, hasta Asia, en este pequeño pedazo de tierra podemos encontrar prácticamente de todo.
En nuestra ciudad podemos ver como los edificios son muy parecidos unos a otros. Es como si nadie fuera creativo y los cajones en alguna época los regalaban; a penas hay huecos para ventanas y puertas. La estética en estos edificios viene entonces dada por adornos como cornisas, columnas rebuscadas, leones, etc.
Actualmente hay un desarrollo distinto, donde ya lo contemporáneo está de moda, los cristales azulados, así como el uso del gris y el blanco es lo que se estila. Con la globalización se ha podido ver un avance, pero al mismo tiempo un atraso en el sentido de que hemos dejado atrás lo que nos caracteriza: los colores de campo, el uso de materiales orgánicos, entre otros. Estos han sido echados a un lado a favor de las nuevas tendencias mundiales, olvidándonos de que nosotros no somos igual al resto y tenemos una identidad propia, aunque no siempre sea valorada como tal.
Así mismo también vale recalcar el uso de arquitectos de fuera, o mejor dicho, de proyectos de fuera, que al implantarse en Santo Domingo tienden a no funcionar, como es el caso de Malecón Center.
Debemos respetar lo nuestro y valorarlo como tal, apreciar nuestro clima, el mar, nuestra naturaleza, los colores dominicanos y nuestra cultura e involucrarla en la arquitectura para así poder lograr un mejor desarrollo, que aunque nos dejemos influenciar por la arquitectura extranjera y su tecnología, sepamos poner “nuestro toque” y hacerlo propio.
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